Hay ocasiones en las que el destino juega a ser ese travieso pasajero del tren de la vida y sin darnos cuenta nos empuja a vivir un papel diferente, a disfrutar de una experiencia. Más allá de que sea efímera o eterna –no tengo claro, a pesar de lo vivido, la diferencia aún-, es tan maravillosa que no puede dejar de vivirse con plenitud.

Lo sé, diréis que parece confuso comenzar así una sección de gastronomía en un blog, pero decidme, ¿recordáis algún momento en vuestra vida, algún momento “vital”, en el que no hayáis vivido al tiempo la experiencia de la gastronomía?. Esa es la explicación.

Hay una carretera cerca de Valencia, saliendo en dirección a Alicante, en Pinedo, allí, en la Carrera del Riu, en el 283, donde se levanta una barraca de las de siempre. Paredes blancas, techo a dos aguas de ángulo inclinadísimo bajo el cual se ubican apenas 6 mesas rodeadas de un entorno añejo. Me encanta esa palabra porque define el trabajo cuidado, vigilado, atento, esperanzado y lleno de ilusiones. Ser añejo no es ser ni antiguo, ni viejo ni mucho menos caduco, es ser algo más, es simplemente demostrar que, años después, muchos años después, se sigue siendo.

Mujeres. No sé si Ricardo Arjona visitó este sitio antes de escribir su canción del mismo título, pero lo cierto es que podría haberlo hecho porque de entrada no se concibe este lugar sin ellas. Si me conocéis, sabéis de mi amor por la cocina y por la cocina hecha con amor y en ese punto, debo decir que La Genuina, es un local donde se respira ese sentimiento por todas partes. Hay una foto de los primeros habitantes de la barraca que me ha recordado las fotografías vistas en las paredes de la casa de mi pueblo, lo conocéis, verdad?, un precioso rincón en el centro del Valle de los Pedroches de nombre Villanueva de Córdoba. Unas de esas fotografías en las que, con la misma pose, el tiempo regresa atrás cada vez que se miran. Y a partir de ahí, continúa la experiencia que te hace olvidar que, alrededor de esa barraca, la vida agitada, aunque sea de la costa, existe.

La cerveza estaba helada en una copa igualmente helada, como preludio de que hay atención, cuidado por el detalle, al menos los necesarios y básicos.

Al compas de la cerveza, la carta se iba descubriendo y dejando a la vista sugerentes propuestas, algunas consensuadas con unos vecinos de mesa demostrando que alrededor de las buenas mesas no existen ni regionalidades, ni límites distintos de los del goce. Nos propusieron probar unas clotxines, unos moluscos bivalvos similares a mejillones pero a los que -como las brevas a los higos que siendo distintos crecen en el mismo árbol- sólo les une el origen y el agua salada en las que viven. Las pedimos. Maravillosas, cocinadas con ajo y limón en su punto justo, con un caldo en el que hubiera sido pecado no embarcar barcos de pan. No pequé. El pan se sumergió en el caldo delicioso.

La paella se había encargado y descubrí dos cosas, curioso por distintos motivos, era primerizo en ello y como siempre, sigo aprendiendo con la misma ilusión. La primera que en efecto la paella lleva romero y que, la que consideran auténtica, aún al borde del mar, solo lleva del mar, o de la mar salada, el sodio que le aporta el enriquecimiento del sabor. Bachoquetas, tabellas, garrofó, pollo, conejo y el toque de romero en un arroz cocinado a baja altura, en su punto, ligeramente socarrat y delicioso.

La carta de vinos, ligeramente corta, ha permitido conocer algunas referencias curiosas que sin ensalzar el producto, no desmerece la comida en ningún momento, toda vez, que siguiendo el concepto del “amor gastronómico”, la disposición de las mujeres de la casa ha permitido corregir sin dilación la calidez del momento y del vino.

Al final, parecía necesario probar algo típico, y ya sabéis, casero. Y justo eso era un “Arnadí” elaborado a base de calabaza, boniato, almendras y piñones que hubiera terminado con las temperaturas del invierno y que recordaba, una vez más, que había amor, cariño y tiempo, mucho tiempo, entre esas paredes.

Había que continuar, las mesas se fueron despejando y la nuestra también. Al salir, una última mirada a esas paredes blancas bajo un techado de paja seca. Por cierto, “La Genuina”, en Pinedo, un pequeño paréntesis en el tiempo y en la memoria.

Written by MadridFansBlog
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